jueves, 25 de agosto de 2011

De pesadilla a dulce sueño

Se acabaron los días que con tanta ilusión habíamos esperado. Ahora nos consuela decir que nos veremos en Rio de Janeiro pero, seamos realistas, es casi imposible. Nos consuela que en algo más de un mes hay un pequeño encuentro en un pueblecito de Toledo, aunque tampoco sé si estaremos allí. Todo es muy precipitado y las ganas están ahí pero siempre hay un pero.

Empecé a escribir en mi nuevo cuaderno todas las aventuras que acontecían estos días pero el cansancio era tal los últimos días que apenas podía ponerme a escribir y lo más importante lo he guardado para mí. Bueno, no del todo, voy a compartir lo poco que tengo.

El viernes tuvimos catequesis con monseñor Xavier Novell y me pareció excelente. No fue como la del miércoles, toda repleta de frases para recordar, fue su propia experiencia lo que nos ofreció. Lo peor de todo fue que con las prisas nos dejamos las preguntas y salimos corriendo hacia el Retiro.

La Feria Vocacional tuvimos que verla en cuestión de media hora y apenas había tiempo para visitar todos los stands. Tuve la suerte de encontrarme con la hermana Marta a la que di un fortísimo abrazo al verla después de un mes. Le tengo especial cariño y, gracias a Dios, este año volveremos a vivir en la misma casa.

Me quedé con ganas de confesar allí, de terminar de ver la feria, de hablar con todas las monjitas que se cruzaban por mi camino... Será que mi vocación no es esa...

No he vuelto tan convencida como me hubiese gustado aunque en la catequesis con Madariaga sí que tuve una pequeña señal que ha ido creciendo a lo largo de la aventura. Ha sido distinta a todas las anteriores que ya he experimentado y es posible que haya sido la más convincente. El tiempo lo dirá.

La aventura en Cuatro Vientos fue una buena prueba, tan buena que ya la comparan con el Camino de Santiago.

Salimos de Getafe muy tarde. De camino mantenía contacto con mi hermana y mis padres que ya nos esperaban allí, en la zona C2, repleta de salesianos. El viaje en metro fue agobiante y horrible. No pude sentarme y me encontré rodeada de tres personas empujándome, sin quererlo, contra una papelera. Unos cantaban, otros contaban batallitas de la noche...

Llegamos a El Aguilar, la parada de Cuatro Vientos estaba cerrada, y bajamos todos, el metro quedó vacío. La gente salía como si fuese una masa. Aquello era horroroso. Apenas avanzábamos, hacía calor... En un par de ocasiones dimos con personas con un corazón enorme que nos tiraban agua desde sus balcones sin pedir nada a cambio. También había otros que se dedicaban a recoger botellas vacías usadas para llenarlas y después venderlas como si nada.

No sé por qué no había tenido la feliz idea de investigar y ver qué era exactamente Cuatro Vientos. Ver una explanada llena de arena y paja me recordó al lugar donde mi tío, pastor, guardaba el rebaño de ovejas. Sólo faltaban las bolitas marroncillas.

Recogimos el picnic y directos a la C2, empezando por la C9. Parecía que nunca llegaba. Muchísima gente, todos empujando y algo perdidos. Después de una media hora llegamos a nuestro destino. Allí me encontré con mis padres, mi hermana y su marido. 

Extendimos como pudimos los aislantes, ya que los salesianos se habían hecho con toda la zona que tenían que compartir con nosotros. Mientras ellos estaban durmiendo, cada uno en su aislante, nosotros tuvimos que compartirlo entre tres o cuatro personas porque no había espacio. Entiendo que no todos fuésemos a vivir la fe, sino a la fiesta y al estar lo mejor posible sin tener en cuenta a los demás.

A media tarde decidí dar una vuelta, agobiada por el poco espacio que teníamos y el calor que hacía. Mi compañera decidió quedarse porque se encontraba mareada, de hecho, cuando volví ella estaba tumbada a la sombra de una pantalla con una lipotimia.

Tuve tiempo para confesar con nuestro sacerdote argentino. Me preguntó por mi nombre y cuánto llevaba sin pasar por el confesionario. Debió ser lo peor de mi confesión porque mi penitencia es la de confesar cada día ocho del mes, ya que el ocho de marzo, día de mi cumpleaños, también es el día de María, ¿qué mejor fecha?

En el par de horas de paseo nos dio tiempo a refrescarnos con el agua de los bomberos, pasar por el bar y pedir un par de refrescos calientes ya que no quedaba hielo. De vuelta a nuestra zona, merendamos e hicimos hora hasta el comienzo de la vigilia.

Nuestra zona era prácticamente exclusiva para discapacitados. Había una pantalla en la que apenas se veía algo más que lenguaje de signos. El sonido ni se apreciaba. Nos colocamos delante de la pantalla entre las zonas C2 y D1. Pasé toda la vigilia abrazada a mi madre, compartiendo libro del peregrino con una chica que acababa de conocer y escuchando los comentarios de uno de los monitores de nuestro grupo.

Todo iba fenomenal hasta que los primeros relámpagos hicieron acto de presencia. La lluvia no tardó en aparecer y nos cubrimos bajo una pancarta atada a la valla, aún así, nos mojamos. 

Mis padres no sé qué pensaron cuando les dijeron Cuatro Vientos. Mi padre llegó de camisa y chinos y mi madre, arreglada como si fuera de paseo, de hecho, esa misma mañana había pasado por la peluquería. Ellos se sentaron en el suelo del aeródromo y la lluvia les caló como a cualquiera de los que allí nos encontrábamos.

Tras la tormenta fue impresionante ver a la gente adorando al Santísimo, de rodillas, en aquel suelo, después de la lluvia. Mis padres, nada más terminar la vigilia, salieron corriendo ante la amenaza de una nueva tormenta. Mi madre dijo 'espero que la noche sea leve', me besó y se fueron.

Al volver al sitio encontré todas las mochilas mojadas y las bolsas de comida habían desaparecido, el aislante estaba para tirar de todas las pisadas que llevaba. De la desesperación, di un par de gritos a quien no debí y acto seguido me eché a llorar. Enseguida apareció mi angelito de aquella noche y poco a poco, las dos nos encontrábamos en la misma situación, salimos como pudimos.

Necesitaba ir al baño y después de tres cuartos de hora esperando, hasta hice amistad con dos salesianas sevillanas, por fin salí de ese lugar asqueroso. Justo al salir me encontré con mi angelito, que me cogió del brazo y me llevó a cenar. Llegamos al final de la explanada para comer un perrito caliente que me supo a gloria. Pasamos por la tienda de souvenirs, sin luz, aunque no había nada de nuestro interés. Yo tenía ganas del reloj y, por suerte, lo llevo en la muñeca.

Continuamos en busca de otra de las tiendas. Por el camino encontramos grifos con agua fresca y voluntarios que no tenían la más mínima idea de cuál era su función.

Antes de llegar a la tienda pasamos por el lugar donde repartían los picnics por si teníamos carita de pena y se apiadaban de nosotras, pero ni de nosotras ni de los que llevaban sin comer en toda la tarde.

Ya en la tienda, ésta tenía luz, pero los regalos eran muy escasos y nos llevamos unos caramelos que, por cierto, están muy buenos. Poco a poco llegamos a la zona C y antes de llegar a la nuestra, nos encontramos con unos amigos que habían salido a ver el escenario un poco más de cerca. Allí estuvimos charlando unos minutos y de regreso a nuestra zona.

Yo me había empeñado en aprender a rezar el rosario, porque mucho lo había rezado en otras ocasiones pero si me ponía a hacerlo yo sola, no sabía ni por donde empezar. Cada uno nos dispersamos y volvimos a quedarnos solas charlando con otros dos compañeros, una profesora y un periodista de La Razón.

El periodista nos invitó a tomar un chocolate caliente pero lo más caliente que tenían en el bar eran los refrescos. Allí charlamos sobre la intolerancia, lo que había demostrado la gente con el silencio y la oración...

Yo me caía del sueño y mi angelito y yo decidimos que era momento de dormir. Las dos nos acoplamos en un aislante pequeñito, el que estaba más limpio y dormimos un par de horas hasta que un grupito empezó a dar voces y me despertaron. Les mandé callar mil veces, la última con un tono muy agresivo y palabras feas de por medio, y ni con esas se callaron. Ella se fue porque no podía dormir y yo lo volví a intentar, hasta que llegó el frío.

No había traído saco de dormir pensando que pasaría la noche en la capilla. Las capillas estaban todas cerradas por cautela, durante la vigilia alguna se había volado. Tenía tanto frío que rebusqué en la mochila y di con la ropa limpia que mi hermana mayor había traído a la pequeña. Yo llevaba un pantalón corto y una camiseta de manga corta. Encontré unas medias blancas con las que habíamos bailado la jota esa misma semana y no dudé en ponérmelas encima del pantalón. La camiseta amarilla de la JMJ hacía como de falda. Tenía frío en el cuello y me dejé una camiseta limpia a medio poner. Después me cubrí con la bandera de El Vaticano que esa misma mañana nos habían regalado. Y aún así, el frío no cesaba.

Ya eran las seis de la mañana. Cogí el teléfono y llamé a mi compañera para preguntar dónde estaba. Llegué al bar y había café caliente. No estaba muy allá pero poco a poco entré en calor de nuevo.

Ya en nuestra zona, saqué mi rosario y nos pusimos manos a la obra. Amaneció, la gente pasaba a nuestro lado, nos miraba... Hasta ese momento creo que no lo había pasado peor. Esa noche llegué a pensar que pasaría por el puesto de emergencias, jamás había pasado tanto frío.

Tras terminar de rezar, necesitaba pasar por el baño. Cola de una hora aproximadamente y tonta de mí que pregunté por qué la gente no pasaba al baño de la puerta abierta. La curiosidad mató al gato. El baño no estaba sucio, estaba para darse la vuelta y vomitar después de ver aquella imagen. Dos granadinas majísimas me dejaron pasar antes que ellas porque no me aguantaba más. 

Pude lavarme los dientes con la botella de agua que llevaba en la mochila y el cepillo de dientes que siempre llevo por si acaso. No salía agua de los grifos, así que, terminé y tiré el cepillo que de tantas me ha salvado.

A la vuelta empezaba a ver el día de otra forma, con otra alegría, con ganas de seguir viviendo aquella gran experiencia.

Llamé a mis padres para saber cuánto tardarían en llegar y tan mala fue la experiencia del día anterior que decidieron no volver y quedarse en casa siguiendo la Eucaristía. Siento decir que el cansancio pudo conmigo y di alguna cabezada durante la homilía, aunque no perdí detalle de la bendición. Disfruté muchísimo escuchando el Gloria por segunda vez en esa semana. ¡No puedo dejar de cantar!

La vuelta a Getafe fue de lo peor entre tanta gente, tan altas temperaturas, la policía controlando, la gente empujaba... Solo me faltó llorar, pero pronto regresamos.

Mi imagen era asquerosa, entre el polvo, la noche sin dormir, sin haberme lavado más que con toallitas... Nunca había deseado tanto una ducha fría como ese día y eso que llevaba toda la semana con el agua fría. Las monjitas nos tenían preparada comida caliente para quienes estaban en mi situación o no querían comer bocadillo. La comida fue la misma que la de dos días atrás pero me supo mejor que nunca, ¡los macarrones más buenos que he comido en toda mi vida!

Para terminar la batallita, una siesta de un par de horas y a preparar la despedida...

4 comentarios:

Pedro Solís Mellado dijo...

Bueno.... leyendo tu entrada parece que hubiese sido lo peor que has hecho en tu vida... jejeje Pero bueno... aunque quizás fue duro... para mi al menos fue un paso de Dios... ya terminaré lo que estoy escribiendo.. y te lo paso.. quizás otro punto de vista... Un besazo enorme wapísima!! Pedro.

Fiat mihi dijo...

¿De vuelta a Getafe?, ¿en qué lugar has estado acogida? Yo he estado de responsable de un instituto ahí, que es donde vivo.

María dijo...

Pedro, hay fotos que demuestran que mi paso por Cuatro Vientos ha sido peor que el Camino de Santiago... ¡Nunca me había sentido tan perdida! Pero salió de nuevo el sol y con más fuerza que nunca.

Patri, estuvimos en el colegio Calasancio, creo que el de Getafe se llama así y nuestros responsables eran todos cercanos al colegio.

Fiat mihi dijo...

Pues yo trabajo en ese lugar, qué casualidad! Yo estaba en un instituto a cinco minutos de ahí.
Espero que ya estés descansada.